sábado, septiembre 09, 2006

El Museo Guggenheim de Bilbao.

“Yo siempre pienso con un ojo puesto en el arte�.
Frank O. Gehry

Cuenta la historia que al terminar Miguel �ngel con su Capilla Medicea, aquel inquietante recinto florentino en donde reposan los restos de Lorenzo y Giuliano de Medici, “ningún arquitecto –y mucho menos si era joven e impresionable- podía seguir opinando lo mismo sobre la arquitectura�.

Los arquitectos renacentistas, obsesionados con los ideales de orden y perfección tan preciados por el Humanismo, no podían creer lo que tenían ante sus ojos: cada dogma, cada una de las “leyes� que tan celosamente cuidaban en busca de una arquitectura ideal, había sido violada y distorsionada en la Capilla Medicea. Miguel �ngel se limitaba a contestar que él no era arquitecto, sino escultor. Una actitud que va más allá que un simple acto de rebeldía: es el anhelo de conmovernos con sus edificios del mismo modo en que logra recogernos ante su Pietà.

Miguel �ngel nos recuerda que hay arte en la arquitectura, por lo cual no existen reglas fijas. Nos recuerda que los prejuicios, prejuicios son. Y que si recorriendo una obra de arquitectura con la sensibilidad afinada, sus espacios logran conmover nuestro espíritu, debemos olvidar cualquier predisposición y hacer lo único que queda en nuestras manos: bajar la cabeza con humildad y reconocer que estamos en la presencia de una obra maestra.

El resplandor de la nueva Bilbao
sobre Gehry, su Guggenheim, y otras cuestiones


Como la Capilla Medicea en su momento, “ningún arquitecto –y mucho menos si era joven e impresionable- podía seguir opinando lo mismo sobre la arquitectura� una vez abiertas sus puertas el Guggenheim bilbaíno, en octubre de 1997. Obra polémica del arquitecto americano Frank Gehry, con tantos defensores como detractores, pero ante la cual nadie ha podido permanecer indiferente. Y es que su forma escultórica, sus escamas resplandecientes a orillas del Nervión, convierten en paradojas casi ridículas muchas de las “verdades" de la arquitectura moderna.

“La forma sigue a la función�, rezaban con severidad los arquitectos modernos ortodoxos. Con su pragmatismo y racionalidad tan característicos, estaban convencidos de que la belleza de un edificio estaba en su resistencia, eficacia y funcionalidad. El diseño de la forma era una cuestión supuestamente secundaria, y la belleza algo relativo. Otros creían que la forma y la función no podían estar desligadas, que “forma y función son uno�.

Pero Frank Gehry dice en Bilbao (a quien quiera escucharlo) que la forma nada tiene que ver con la función, que en arquitectura todo se puede siempre y cuando se tenga capacidad para ello. El Museo Guggenheim de Bilbao es la prueba más contundente de esta tesis. Y los escépticos, quienes siguen albergando dudas en su mente, deben abrir los ojos y aceptar que existen oficinas dentro unos gigantescos binoculares en California, o que japoneses en Kobe bailan y comen dentro del Pez y la Serpiente, tal y como apreciamos en la fotografía. Siempre ha habido algo de arbitrario en la forma arquitectónica desde sus orígenes, como señala Rafael Moneo, pero a muchos arquitectos les da vergüenza admitirlo. Algo de verdad tenía Arquímedes cuando decía: “dadme una forma cualquiera… y yo la convertiré en arquitectura�.

Sin embargo, sería gravísimo calificar a Gehry como un simple formalista. Su obra, sumamente respetada por sus colegas de todo el mundo, demuestra que se trata de un arquitecto en todo el sentido de la palabra, de un soberbio urbanista y de un extraordinario constructor (Gehry adora colocarse el casco todavía a sus 77 años, y no acepta un trabajo a menos que le ofrezcan la supervisión de las obras). Pero sobre todo Gehry es la evidencia de que la apasionante, casi mítica imagen del arquitecto-artista, no había sido olvidada. Ese arquitecto cuya obra es fruto de un soplo de inspiración creadora.

La historia de esta espectacular pieza con la cual Gehry alcanza la madurez, comienza el día en que las autoridades vascas, enfrentadas a una decadente Bilbao, deciden transformar la ciudad a través de una serie de proyectos de renovación urbana. Bilbao, capital de la provincia de Vizcaya y principal ciudad del País Vasco, se constituyó durante los siglos XIX y XX en una importantísima urbe industrial y portuaria. Todas estas actividades se acomodaron en las márgenes del río Nervión, mientras los bilbaínos se acostumbraban a vivir en una ciudad oscura durante años y hasta hace muy poco. La crisis industrial de los años ochenta afectaría enormemente a Bilbao, obligándola a cerrar gran parte de sus industrias. Un gran impacto, pero que suponía una oportunidad para el Ayuntamiento de desarrollar suelos con gran valor, y así, “los espacios que antes ocuparon los astilleros, las playas de contenedores o los altos hornos, se convierten ahora en paseos, parques, galerías de arte al aire libre, nuevos barrios y zonas de negocio (…)�. Nacía la nueva Bilbao, y el Museo Guggenheim sería el primer gran paso.

Las Administraciones Vascas, en colaboración con la Solomon R. Guggenheim Foundation, buscaron entonces a Frank Gehry para hablar del proyecto. En un primer momento la intención era rehabilitar un edificio del casco histórico, y se lo dejaron saber al arquitecto para ver qué opinaba. Gehry dijo que la mejor manera de aprovechar ese terreno era derribando el edificio y construyendo uno nuevo, que lo más sensato era construir el Museo en otro sitio. “Recuerdo que estábamos cenando con todas las autoridades y con los promotores –nos cuenta Gehry–, y que, después de mi sugerencia, todo el mundo se quedó muy callado… Se quedaron en estado de shock. Justo después de cenar, todo el mundo desapareció… Yo pensé que me iban a echar… Después, me fui al hotel con el director del Guggenheim y parte de la gente del gobierno vasco. Seguimos hablando y entonces me preguntaron: bueno, ¿dónde te parecería bien colocarlo? Cerca del río, les dije; ya que les había estado escuchando decir durante todo el día que el río y sus márgenes estaban siendo rehabilitados.�

A la mañana siguiente Gehry subió una de las colinas que rodea Bilbao y escogió el lugar del proyecto, al lado del río. “Me gustaba ese sitio porque estaba debajo del puente�, ha dicho en varias ocasiones demostrando sus dotes de urbanista. El Museo Guggenheim es, ante nada, un hecho urbano: su posición estratégica dentro de la trama de la ciudad, y la forma en que la arquitectura responde a su entorno, han llegado a convertir a este maravilloso edificio en el mismísimo corazón de la ciudad. El transitado puente de La Salve, aquel que sedujera con tanta fuerza a Gehry, es de vital importancia en la estructura moderna de la ciudad al conectar su casco histórico con la periferia. Por ello Gehry nunca dudó en incluir el puente al proyecto, y logró enmarcarlo entre la agitada masa de volúmenes y una escultórica torre (extremo izquierdo de la fotografía), al tiempo en que un incesante río de automóviles cruza el Museo por encima de una de sus galerías. Con esta operación, el Guggenheim supera su condición de museo y adquiere un carácter simbólico: se convierte en puerta de entrada a la ciudad.

Más importante todavía es que Gehry haya colocado una de las entradas principales del Museo a nivel del río, integrando así ambas orillas, humanizándolas y reactivando el paseo de la Ría. Se ha convertido en telón de fondo para una serie de actividades humanas, del mismo modo en que las colinas bilbaínas lo son para otras. A medida que nos acercarnos al resplandor de aquellas figuras danzantes, la sensación que se tiene no dista mucho de aquellas obtenidas frente a un desfiladero, o ante una espesa selva vista desde un claro. Y su calidad escultórica resalta aún más por el recubrimiento en titanio de las formas más elaboradas, con láminas de medio milímetro de espesor que brindan elegancia al edificio, sobre todo al conjugarse con la piedra caliza de los volúmenes rectangulares, sumamente sobrios, y las pantallas de cristal que inundan el interior con luz natural.

Las expectativas que se venían acumulando en nuestra peregrinación hacia el Museo, no son defraudadas en el interior. Tres niveles de galerías son organizados alrededor de un atrio monumental, que observamos en la fotografía. Un espectacular vacío de 50 metros de altura (que recuerda el Guggenheim de Nueva York de Frank Lloyd Wright) conecta los distintos niveles con torres de escaleras, ascensores acristalados y puentes aéreos. Un punto de entrada, lugar estrella, “un lugar donde los artistas vivos puedan inspirarse�, en palabras de Frank Gehry. La orientación dentro del museo está asegurada gracias a este acogedor espacio, distribuyéndonos con la mayor naturalidad del mundo por las 19 salas que conforman los tres niveles. Por su parte, las formas de las salas en ningún momento compiten con las obras allí expuestas: la seriedad de muchas de las galerías impresiona por su discreción. Pero es que Gehry es un artista, a fin de cuentas, y respeta y admira a sus compañeros del mundo del arte. Reconoce que en la sala, su arquitectura no puede ser protagonista.

“Es preciso que el museo transmita a la ciudad el arte que contiene, el arte que lleva dentro�, comenta Gehry. Pero su Guggenheim ha conseguido mucho más. Es el espejo de los sueños de una sociedad, el inicio de un camino que se sigue recorriendo exitosamente, el corazón de la nueva Bilbao.